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Monterrey, Nuevo León, México,
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La infección
causada por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es una
enfermedad provocada por uno o dos virus que progresivamente
destruyen unos glóbulos blancos llamados linfocitos, provocando el
síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) y otras enfermedades
derivadas de una inmunidad deficiente.
A comienzo de los
años 80, los epidemiólogos (personas que estudian los factores que
afectan a la frecuencia y a la distribución de las enfermedades)
reconocieron un brusco incremento de dos enfermedades entre los
varones homosexuales americanos. Una era el sarcoma de Kaposi, una
variedad de cáncer poco frecuente; la otra era la neumonía por
pneumocistis, una forma de neumonía que ocurre sólo en personas con
un sistema inmunitario comprometido.
La insuficiencia del
sistema inmunitario que permitió el desarrollo de cánceres raros e
infecciones poco frecuentes recibió el nombre de SIDA. También se
descubrieron insuficiencias en los sistemas inmunológicos de las
personas que se inyectaban drogas, en hemofílicos, en quienes
recibían transfusiones de sangre y en varones bisexuales. Poco
después, el síndrome comenzó a detectarse en heterosexuales que no
consumían drogas, en hemofílicos y en pacientes que recibían
transfusiones de sangre.
Los investigadores
pronto descubrieron que un virus causaba el SIDA. Los dos virus que
producen el SIDA son el VIH-1 y el VIH-2. El VIH-1 es más frecuente
en el hemisferio occidental, en Europa, Asia y África central, del
sur y oriental. El VIH-2 es el principal virus causante de SIDA de
África occidental, a pesar de que allí muchas personas están
infectadas con la especie VIH-1.
El SIDA ha alcanzado
proporciones de epidemia, con más de 500 000 casos y 300 000 muertes
registradas en los Estados Unidos y 146 000 casos y 67 000 muertes
en América Latina, hasta octubre de 1 995. En España, hasta 1998, se
han registrado 60 000 casos y 33 000 muertes y se estima que más de
un millón de personas están infectadas en los Estados Unidos. África
es el continente más afectado. La Organización Mundial de la Salud
estima que en 1 996, 20 millones de personas estaban infectadas con
el VIH en todo el mundo y que el número se incrementará a 30 o 40
millones en el año 2000.
Patogénesis
Para infectar a una
persona, el virus debe entrar en células como los linfocitos, una
variedad de glóbulos blancos. El material genético del virus se
incorpora al ADN de una célula infectada. El virus se reproduce
dentro de la célula, llegando a destruirla finalmente y liberando
nuevas partículas del mismo. Luego estas nuevas partículas infectan
otros linfocitos y también pueden destruirlos.
El virus se adhiere
a los linfocitos que presentan en su superficie una proteína
receptora, llamada CD4. Las células con receptores CD4 suelen ser
llamadas células CD4-positivas (CD4+) o linfocitos T colaboradores.
Los linfocitos T del tipo colaborador tienen la función de activar y
coordinar otras células del sistema inmunitario, como los linfocitos
B (que producen anticuerpos), los macrófagos y los linfocitos T
citotóxicos (CD8+), todos los cuales ayudan a destruir células
cancerosas y microorganismos invasores. Como la infección por VIH
destruye los linfocitos T colaboradores, debilita el sistema con que
cuenta el organismo para protegerse de las infecciones y el cáncer.
Los infectados con
VIH pierden los linfocitos T colaboradores (células CD4+) en tres
fases con el paso del tiempo. Una persona sana tiene un número de
linfocitos CD4 de aproximadamente 800 a 1 300 células por microlitro
de sangre. En los primeros meses posteriores a la infección por el
VIH, este número puede reducirse del 40 al 50 por ciento. Durante
estos primeros meses, el enfermo puede transmitir el VIH a otros
porque en su sangre circulan muchas partículas del virus. A pesar de
que el organismo lucha contra éste, es incapaz de eliminar la
infección.
Después de
aproximadamente 6 meses, el número de partículas de virus en la
sangre alcanza un valor estable, que varía de persona a persona. Sin
embargo, siguen quedando suficientes para continuar la destrucción
de linfocitos CD4+ y transmitir la enfermedad a otros sujetos.
Pueden pasar muchos años en los que se produce una disminución lenta
pero progresiva de los valores de dichos linfocitos hasta niveles
por debajo de lo normal. Los altos valores de partículas víricas y
los bajos valores de linfocitos ayudan al médico a identificar a los
pacientes con mayor riesgo de desarrollar SIDA.
Durante el año o los
dos años anteriores al desarrollo del SIDA, el número de linfocitos
CD4+ suele descender más rápidamente. La vulnerabilidad a la
infección aumenta a medida que el número de linfocitos CD4+ baja a
menos de 200 células por microlitro de sangre.
La infección por VIH
también altera la función de los linfocitos B, componentes del
sistema inmunitario que generan anticuerpos y suele hacerles
producir un exceso de los mismos. Estos anticuerpos son dirigidos
principalmente contra el VIH y otras infecciones con las cuales la
persona ha tenido un contacto previo. Pero éstos son poco eficaces
contra muchas de las infecciones oportunistas del SIDA. Al mismo
tiempo, la destrucción de los linfocitos CD4+ por parte del virus
reduce la capacidad del sistema inmunológico en el reconocimiento de
nuevos agentes invasores.
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Transmisión de la infección
El contagio del VIH requiere del contacto con humores corporales que
contengan células infectadas o partículas del virus; dichos humores
incluyen sangre, semen, secreciones vaginales, líquido del cerebro y
de la médula espinal y leche materna. El VIH también está presente
en las lágrimas, la orina y la saliva, pero en concentraciones
ínfimas.
El VIH se transmite de las siguientes maneras:
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A través de las relaciones sexuales con una persona infectada,
durante las cuales la membrana mucosa que reviste la boca, la vagina
o el recto queda expuesta a los humores corporales contaminados.
-
Por una inyección o infusión de sangre contaminada, como ocurre al
realizar una transfusión, por compartir jeringuillas o pincharse
accidentalmente con una aguja contaminada con el VIH.
-
Transmisión del virus desde una madre infectada a su hijo antes del
nacimiento o durante el mismo, o bien a través de la leche materna.
-
La susceptibilidad a la infección por VIH aumenta cuando la piel o
una membrana mucosa resulta dañada, como puede suceder durante una
enérgica relación sexual vía vaginal o anal. Muchos estudios han
demostrado que la transmisión sexual del VIH es más probable si uno
de los dos miembros de la pareja tiene herpes, sífilis u otras
enfermedades de transmisión sexual que puedan causar lesiones en la
piel. Sin embargo, el VIH puede ser transmitido por una persona
infectada a otra durante una relación sexual vaginal o anal, aunque
ninguna de las dos tenga otras enfermedades de transmisión sexual o
lesiones evidentes en la piel. La transmisión también puede tener
lugar durante el sexo oral, a pesar de que es menos frecuente.
En los Estados Unidos y Europa, la transmisión del VIH entre los
varones homosexuales y los adictos a inyectarse drogas se ha vuelto
más frecuente que la transmisión entre heterosexuales. Sin embargo,
el índice de transmisión entre estos últimos aumenta rápidamente. A
título indicativo, en los Estados Unidos, más del 10 por ciento de
las personas con SIDA son mujeres, mientras que en America Latina
esta cifra alcanza el 25 por ciento, y la infección por el VIH está
aumentando más rápidamente entre las mujeres que entre los hombres.
La transmisión en África, el Caribe y Asia es principalmente entre
heterosexuales y la infección por el VIH se produce en la misma
proporción entre hombres y mujeres.
Antes de 1 992, gran parte de las mujeres europeas y norteamericanas
infectadas lo adquirieron al inyectarse drogas con agujas
contaminadas. Sin embargo, el número de casos derivados de la
transmisión sexual ha sobrepasado lentamente el número atribuido al
consumo de drogas.
Una persona que trabaja en el ámbito de la salud y accidentalmente
se pincha con una aguja contaminada con el VIH tiene una posibilidad
entre 300 de contraer el virus. El riesgo de infección aumenta si la
aguja penetra profundamente o si se inyecta sangre contaminada.
Tomar un fármaco antirretrovírales como el AZT (zidovudina) parece
reducir la probabilidad de infección tras pincharse con una aguja,
pero no elimina el riesgo.
El SIDA representa en la actualidad la primera causa de muerte entre
los hemofílicos, que necesitan frecuentes transfusiones de sangre
completa u otros productos plasmáticos. Antes de 1 985, muchos
hemofílicos recibieron productos sanguíneos contaminados con el VIH.
Desde entonces, se examina toda la sangre recolectada para controlar
que no esté contaminada y en la actualidad los productos plasmáticos
son tratados con calor para eliminar el riesgo de contagio del
virus.
La infección por el VIH en gran número de mujeres en edad fértil ha
producido la subsecuente transmisión a los niños. El virus puede ser
transmitido al feto al inicio de la gestación a través de la
placenta o en el momento del nacimiento al pasar por el canal del
parto. Los niños que son amamantados pueden contraer la infección
por VIH a través de la leche materna. Éstos también pueden
infectarse si son objeto de abusos sexuales.
El VIH no se transmite por contacto casual ni tampoco por un
contacto estrecho no sexual en el trabajo, la escuela o el hogar. No
se ha registrado ningún caso de transmisión a través de la tos o del
estornudo, ni tampoco por una picadura de mosquito. La transmisión
de un médico o de un dentista infectado a un paciente es
extremadamente rara.
Síntomas
Algunos afectados desarrollan síntomas similares a los de la
mononucleosis infecciosa varias semanas después del contagio. La
temperatura elevada, las erupciones cutáneas, la inflamación de los
ganglios linfáticos y el malestar general pueden durar de 3 a 14
días. Luego casi todos los síntomas desaparecen, aunque los ganglios
linfáticos pueden seguir agrandados. Durante años es posible que no
aparezcan más síntomas. Sin embargo, inmediatamente circulan grandes
cantidades de virus en la sangre y otros humores corporales, por lo
que la persona se vuelve contagiosa poco después de infectarse.
Varios meses después de haber contraído el virus, los afectados
pueden experimentar síntomas leves en repetidas ocasiones que no
encajan aún en la definición del síndrome completamente
desarrollado.
Una persona puede presentar síntomas de afección durante años antes
de desarrollar las infecciones o los tumores característicos que
definen al SIDA. Éstos incluyen ganglios linfáticos agrandados,
pérdida de peso, fiebre intermitente y sensación de malestar,
fatiga, diarrea recurrente, anemia y aftas (una lesión fúngica que
se produce en la boca). La pérdida de peso (emaciación) es un
problema particularmente preocupante.
Por definición, el SIDA comienza con un bajo recuento de linfocitos
CD4+ (menos de 200 células por microlitro de sangre) o con el
desarrollo de infecciones oportunistas (infecciones provocadas por
microorganismos que no causan enfermedad en personas con un sistema
inmunitario normal). También pueden aparecer cánceres como el
sarcoma de Kaposi y el linfoma de Hodgkin.
Tanto la infección por el VIH en sí misma como las infecciones
oportunistas y los cánceres producen los síntomas del SIDA. Por
ejemplo, el virus puede infectar el cerebro y causar demencia, con
pérdida de la memoria, dificultad de concentración y una menor
velocidad en el procesamiento de informaciones. Sin embargo, sólo
unos pocos enfermos de SIDA mueren por los efectos directos de la
infección por el VIH. Por lo general, la muerte sobreviene por los
efectos acumulativos de muchas infecciones oportunistas o tumores.
Los microorganismos y las enfermedades que normalmente suponen una
pequeña amenaza para las personas sanas rápidamente pueden causar la
muerte en estos enfermos; especialmente cuando el número de
linfocitos CD4+ baja a menos de 50 células por microlitro de sangre.
Varias infecciones oportunistas y cánceres son típicos del comienzo
del SIDA. Las aftas, un crecimiento excesivo de la levadura Candida
en la boca, la vagina o el esófago, puede ser la infección inicial.
El primer síntoma en una mujer pueden ser las frecuentes infecciones
vaginales causadas por hongos que no se curan con facilidad. Sin
embargo, estas afecciones son frecuentes en las mujeres sanas y
pueden deberse a otros factores, como los contraceptivos orales, los
antibióticos y los cambios hormonales.
La neumonía causada por el hongo Pneumocystis carinii es una
afección oportunista recurrente y frecuente en los enfermos de SIDA.
La neumonía por pneumocistis suele ser la primera infección
oportunista grave que aparece; fue la causa más frecuente de muerte
entre los infectados por el VIH antes de que se perfeccionaran los
métodos para tratarla y prevenirla.
La infección crónica con el Toxoplasma (toxoplasmosis), que persiste
desde la infancia, es bastante frecuente, pero causa síntomas en
sólo una minoría de las personas con SIDA. Cuando se reactiva en
éstas, causa una grave infección, principalmente del cerebro.
La tuberculosis es más frecuente y más mortal en los afectados por
el VIH y es difícil de tratar si las especies de bacterias que la
producen resultan resistentes a varios antibióticos. Otra
micobacteria, el complejo Micobacterium avium, suele causar fiebre,
pérdida de peso y diarrea en enfermos con el síndrome avanzado.
Puede tratarse y prevenirse con fármacos de reciente creación.
Las infecciones gastrointestinales también son frecuentes en el
SIDA. El Cryptosporidium, un parásito que puede ser adquirido a
través de agua o alimentos contaminados, produce diarrea intensa,
dolor abdominal y pérdida de peso.
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La leucoencefalopatía multifocal
progresiva (LMP), una infección vírica del cerebro, puede afectar a
la función neurológica. Los primeros síntomas suelen ser la pérdida
de fuerza en un brazo o pierna y falta de coordinación o equilibrio.
En el transcurso de días o semanas, la persona puede ser incapaz de
andar y mantenerse en pie y suele morir tras pocos meses.
El citomegalovirus frecuentemente
infecta a los enfermos de SIDA. Los pacientes avanzados suelen
reinfectarse, por lo general en la retina, causándoles ceguera. El
tratamiento con fármacos antivíricos puede controlar el germen. Las
personas con SIDA también son muy susceptibles a muchas otras
infecciones bacterianas, micóticas y víricas.
El sarcoma de Kaposi, un tumor que
aparece en la piel en forma de placas indoloras y sobreelevadas, de
color rojo a púrpura, afecta a los enfermos de SIDA, especialmente a
los varones homosexuales. También pueden desarrollar tumores del
sistema inmunitario (linfomas), pudiendo éstos aparecer primero en
el cerebro u otros órganos internos. Las mujeres son proclives a
desarrollar cánceres de cuello uterino. Los varones homosexuales
pueden sufrir cáncer de recto.
Diagnóstico
Un análisis de sangre relativamente
simple y muy exacto (llamado test ELISA) puede ser utilizado para
determinar si una persona está infectada con el VIH. Con esta prueba
es posible detectar anticuerpos contra el virus. Los resultados son
confirmados rutinariamente por tests cada vez más precisos. No
obstante, pueden pasar varias semanas o más tiempo desde que se
produce la infección hasta que los anticuerpos se positivizan. Las
pruebas altamente sensibles (antígeno P24) pueden detectar el virus
desde el principio y en la actualidad se usan para analizar la
sangre donada para transfusiones.
Varias semanas después de la
infección, los afectados desarrollan, generalmente, anticuerpos
contra el VIH. Un reducido número de personas infectadas no produce
cantidades detectables de anticuerpos durante varios meses o más
tiempo aún. En cualquier caso, la prueba ELISA detecta los
anticuerpos en todas las personas infectadas y casi todas las que
los poseen están infectadas y son contagiosas.
Si el resultado del test ELISA
indica que existe infección por VIH, se repite la prueba sobre la
misma muestra de sangre para confirmar lo que se ha descubierto. Si
los resultados son nuevamente positivos, el siguiente paso es
confirmarlos con un análisis de sangre más exacto y costoso, como la
prueba de Western blot. Esta prueba también identifica los
anticuerpos contra el HIV, pero es más específica que el test ELISA.
En otras palabras, si el test Western blot da resultado positivo, la
persona, con casi toda certeza está infectada por el VIH.
Pronóstico
La exposición al VIH no siempre
deriva en infección y algunas personas que han sido expuestas
reiteradamente no resultan infectadas. Además, muchos infectados han
estado bien durante más de una década. Sin el beneficio de los
tratamientos actuales, una persona infectada con HIV tenía entre un
uno y un dos por ciento de posibilidades de desarrollar SIDA en los
primeros años después de la infección; la probabilidad continuaba
hasta aproximadamente el 5 por ciento cada año a partir de entonces.
El riesgo de desarrollarlo en los primeros 10 u 11 años después de
contraer la infección era aproximadamente del 50 por ciento. Entre
el 95 y el 100 por cien de las personas infectadas desarrollará
finalmente el SIDA, pero los efectos a largo plazo de los fármacos
de reciente creación y uso combinado pueden mejorar esta
perspectiva.
Los primeros fármacos utilizados
para tratar el VIH, como la AZT (zidovudina) y la ddI (didanosina),
han reducido el número de infecciones oportunistas e incrementado la
expectativa de vida de estos pacientes y las combinaciones de éstos
producen mejores resultados. Los fármacos nucleósidos más recientes,
como la d4T (estavudina) y 3TC (lamivudina), así como los
inhibidores de la proteasa del VIH, como por ejemplo saquinavir,
ritonavir e indinavir, son incluso más potentes. En algunos
pacientes, la terapia de combinación reduce la cantidad de virus en
la sangre hasta cifras indetectables. Sin embargo, hasta el momento
no se han conseguido curaciones.
Las técnicas para medir la cantidad
de virus (ARN en el plasma) en la sangre (por ejemplo, las pruebas
de la reacción en cadena de la polimerasa [PCR] y el test de
separación del ácido desoxirribonucleico [bADN]) pueden ayudar al
médico a observar los efectos de estos medicamentos. Dichos valores
varían ampliamente desde menos de unos pocos cientos a más de un
millón de virus que contienen ARN por mililitro de plasma y ayudan a
realizar un pronóstico para el paciente. Los fármacos más potentes
suelen bajar su concentración de 10 a 100 veces. La capacidad que
tienen las nuevas combinaciones de medicamentos y las técnicas de
control para mejorar la supervivencia son prometedoras, pero hasta
el momento no han sido totalmente verificadas.
Al comienzo de la epidemia de SIDA,
muchos afectados presentaban una rápida disminución en su calidad de
vida después de su primera hospitalización y solían pasar gran parte
del tiempo que les quedaba en el hospital. La mayoría moría a los
dos años de desarrollar la enfermedad.
Con el desarrollo de nuevos fármacos
antivíricos y mejores métodos para tratar y prevenir las infecciones
oportunistas, muchos infectados mantienen sus aptitudes físicas y
mentales durante años tras habérseles confirmado el diagnóstico de
SIDA. En consecuencia, ésta se ha convertido en una enfermedad
tratable, si bien no curable todavía.
Prevención
Los programas para prevenir la
propagación del VIH se han centrado principalmente en educar al
público en cuanto a la transmisión del virus, en un intento de
modificar el comportamiento de las personas más expuestas. Los
programas educativos y de motivación han tenido un éxito relativo
porque a muchos les cuesta cambiar sus hábitos adictivos o sexuales.
Impulsar el uso de condones, que es una de las mejores maneras de
evitar la transmisión del VIH, sigue siendo un tema controvertido.
Suministrar agujas esterilizadas a los drogadictos, otro método que
sin duda alguna reduce la propagación del SIDA, también ha
encontrado resistencia entre los ciudadanos.
Hasta el momento, las vacunas para
prevenir la infección por VIH o bien para retardar su avance han
resultado poco eficaces. Se están ensayando docenas de vacunas y
muchas han fallado, pero la investigación continúa.
Los hospitales y las clínicas no
suelen aislar a los pacientes VIH-positivos a menos que tengan
infecciones contagiosas, como por ejemplo tuberculosis. Las
superficies contaminadas por el VIH pueden ser limpiadas y
desinfectadas fácilmente porque éste resulta inactivado por el calor
y gracias a la acción de desinfectantes comunes como el peróxido de
hidrógeno y el alcohol. Los hospitales cuentan con estrictos
procedimientos en cuanto a la manipulación de muestras de sangre y
otros humores corporales con el fin de evitar la transmisión del
virus y otros microorganismos contagiosos. Estas precauciones
universales se aplican a todas las muestras de todos los pacientes,
no sólo a las que provienen de un infectado.
Tratamiento
En la actualidad existen muchos
fármacos para el tratamiento de la infección, incluyendo los
inhibidores nucleósidos de la transcriptasa inversa, como por
ejemplo el AZT (zidovudina), el ddI (didanosina), el ddC (zalcitabina),
el d4T (estavudina) y el 3TC (lamivudina); los inhibidores no
nucleósidos de la transcriptasa inversa, como la nevirapina y la
delavirdina; y los inhibidores de la proteasa, como por ejemplo
saquinavir, ritonavir e indinavir. Todas evitan que el virus se
reproduzca y en consecuencia retardan la progresión de la
enfermedad. El HIV suele desarrollar resistencia a todos estos
fármacos cuando son utilizados aisladamente, en un periodo variable
que puede ir desde unos pocos días a unos pocos años dependiendo del
tipo de fármaco y del paciente.
El tratamiento parece ser más eficaz
cuando se combinan al menos dos fármacos, lo cual puede retrasar la
aparición del síndrome en los VIH-positivos y prolongar su vida en
comparación con el efecto que produce uno solo. No se sabe a ciencia
cierta en qué momento a partir de la infección debe comenzarse el
tratamiento, pero las personas con altos valores de VIH en su
sangre, e incluso las que tienen altos números de CD4+ y ausencia de
síntomas, deben ser tratadas. Estudios previos que parecían
demostrar que no existía ninguna ventaja en comenzar el tratamiento
de forma precoz no son necesariamente relevantes ahora que se han
desarrollado muchos otros medicamentos y combinaciones. Sin embargo,
el costo y los efectos colaterales de dos o tres tratamientos pueden
ser demasiado altos para algunas personas que viven en países
industrializados y para muchas de las que viven en países menos
desarrollados.
Los fármacos AZT, ddI, d4T y ddC
pueden provocar efectos colaterales como dolor abdominal, náuseas y
dolor de cabeza (especialmente el AZT). El uso prolongado del AZT
puede dañar la médula ósea y provocar anemia. El ddI, ddC y d4T
pueden dañar los nervios periféricos y el ddI puede dañar el
páncreas. Entre los nucleósidos, el 3TC parece tener la menor
cantidad de efectos colaterales.
Los tres inhibidores de la proteasa
pueden provocar efectos colaterales, incluyendo náuseas, vómitos,
diarrea y malestar abdominal. El indinavir produce un leve y
reversible incremento en las enzimas hepáticas que no provoca
síntoma alguno y puede causar un intenso dolor de espalda (cólico
renal) similar al que provocan los cálculos renales. El ritonavir
tiene la desventaja de elevar y hacer descender los valores de
muchos otros fármacos a través de sus efectos sobre el hígado. El
saquinavir puede ser mejor tolerado, pero no se absorbe bien y en
consecuencia no resulta tan eficaz tal y como se dispensa desde
1996.
A pacientes con SIDA se les suelen
prescribir muchos fármacos para prevenir las infecciones. Para
evitar la neumonía pneumocistis, cuando el número de linfocitos CD4
baja hasta menos de 200 células por microlitro de sangre, la
combinación de sulfametoxazol y trimetoprim es altamente eficaz.
Esta combinación también evita las infecciones cerebrales
toxoplasmáticas. En las personas con un número de linfocitos CD4+
menor a 75 o 100 células por microlitro de sangre, la azitromicina
tomada semanalmente, la claritromicina o bien la rifabutina tomada a
diario pueden evitar las infecciones causadas por Mycobacterium
avium. Las personas que se recuperan de meningitis criptocócica o
aquellas que experimentan repetidos brotes de aftas (infecciones de
la boca, el esófago o la vagina con el hongo Candida) pueden tomar
fluconazol, un fármaco antimicótico, durante períodos prolongados.
Las personas con episodios recurrentes de infecciones causadas por
herpes simple en la boca, los labios, los genitales o el recto
pueden necesitar un tratamiento prolongado con el antivírico
aciclovir para evitar recaídas.

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