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"Era
una pastilla enorme, blanca y azul, y no me inspiraba mucha
confianza porque en aquella época la tasa de mortalidad de las
personas seropositivas era altísima". Carlos Alberto Biendicho
recuerda a la perfección cómo fue su 'primera vez' con la terapia
antirretroviral. Corrían los años 80 y, recién diagnosticado su VIH,
todo eran dudas y miedos.
"Las
cosas han cambiado mucho desde entonces", dice, con conocimiento de
causa, alguien que ha vivido en primera persona la evolución y
desarrollo de unos fármacos que, en 2010, cumplen 25 años de
existencia.
Un
artículo publicado esta semana en la revista 'Science Translational
Medicine' repasa precisamente este cuarto de siglo en que el VIH "ha
pasado de ser un agente infeccioso intratable a convertirse en el
objetivo de una terapia altamente efectiva".
"Los
médicos hoy en día están seguros de que sus pacientes pueden
beneficiarse de un gran número de opciones terapéuticas y quizás
muchos no recuerden los tiempos en que la realidad era muy
distinta", subraya Samuel Broder, autor del citado documento y uno
de los primeros especialistas en tratar a un paciente con sida.
Unos
años complicados
"Los
comienzos fueron duros porque la gran mayoría
de
los pacientes se morían y no se sabía qué hacer", corrobora Mª
Ángeles Muñoz, directora del Instituto de Investigación Sanitaria
del Hospital Gregorio Marañón de Madrid.
La
mayor parte de la comunidad científica, asegura Broder, no confiaba
en las posibilidades de encontrar un arma capaz de hacer frente a un
virus que se mostraba devastador. "Este escepticismo reforzaba la
creencia de que lo mejor era proporcionar cuidados al paciente
mientras se combatían las infecciones oportunistas", relata el
especialista. "Sin embargo, algunos confiamos en que si se suprimía
la replicación del virus, podríamos reducir drásticamente su
capacidad para dañar", añade. Y así se llegó al conocido AZT.
"La
llegada de un primer tratamiento para el VIH [que en España comenzó
a utilizarse en 1987] supuso un antes y un después", reconoce Muñoz
quien con todo, recuerda las carencias que enseguida demostró tener
el fármaco. "La efectividad duraba poco. En muchísimos casos
aparecían muy pronto resistencias al fármaco y no se podía parar la
enfermedad", recuerda.
Biendicho también rememora aquellos tiempos. "Había muchas dudas y
la gente era muy reticente a empezar a medicarse. Muchos murieron,
pero para otros muchos el tratamiento también supuso vida", remarca.
Los
años del AZT y sus sucesores, como la didanosina (ddI)–"bautizada
popularmente como 'Flota' por su gran parecido con la pastilla de
jabón"-, fueron complicados. "Llegué a tomar 40 pastillas al día, y
a horas distintas, porque algunas tenían que ir con comida y otras
no", comenta este conocido activista, que participó en uno de los
ensayos clínicos que abrirían la puerta a una nueva esperanza: la
terapia combinada.
Una
revolución
En
palabras de Rafael Rubio, especialista del Hospital Universitario 12
de octubre de Madrid y 'padre' de una de las primeras unidades de
VIH que se pusieron en marcha en España, la llegada en 1996 de una
nueva familia de fármacos -los inhibidores de la proteasa- que en
combinación con los anteriores, permitían 'esquivar' de una forma
mucho más sencilla las resistencias y mantener mejor controlado el
virus "supuso toda una revolución".
"Además, en ese año se desarrolló por primera vez una herramienta
útil para valorar la eficacia del tratamiento ya que permitía ver la
carga viral, con lo que el salto fue doble", recuerda.
A
partir de ese momento, la evolución de la investigación no se ha
frenado y nuevas familias de antirretrovirales de alta eficacia (TARGA)
se han ido sumando continuamente al arsenal contra el sida.
"Actualmente la terapia está totalmente personalizada en países como
España", comenta Biendicho, quien no olvida que el acceso a los
antirretrovirales es bien distinto en los países pobres.

También
la calidad de vida de los pacientes con VIH ha mejorado mucho en los
últimos 25 años, si bien los problemas inflamatorios o los
relacionados con el metabolismo lipídico, como la lipoatrofia
(pérdida de tejido graso, sobre todo en la cara), siguen siendo
efectos secundarios comunes de la terapia antirretroviral.
"Hoy en
día se considera una enfermedad crónica. La supervivencia es
altísima y los tratamientos cada día mejoran más. Pero esto no
quiere decir que haya que bajar la guardia", subraya Rubio.
"Mantener las medidas preventivas a nivel poblacional e insistir en
que la gente conozca cuáles son las vías de transmisión es
fundamental porque estamos viendo bastantes nuevos casos y quizás
todo se deba a que la gente le está perdiendo el miedo al sida",
concluye.
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